Jornaleros. Cara A: Rocío

Transcripción

Isabel: Hola a todas, hola a todos. Soy Isabel Cadenas Cañón y esto es De eso no se habla.

[Canción de documental Rocío] 

Una de las últimas escenas de Rocío, el documental sobre el que habla la cara A de esta historia, muestra a un grupo de jornaleros caminando de espaldas, alejándose de la cámara. Van por un camino de tierra, entre pinos y es, probablemente, en Almonte, mientras suena esta canción de Salvador Távora. 

[Canción de documental Rocío]: …para buscar mi libertad…

Si este episodio de hoy, esta cara B, tuviera imágenes, la primera escena sería un grupo de jornaleras caminando en ese mismo camino 50 años después. Esas jornaleras irían caminando de frente, acercándose a la cámara y irían a encontrarse con otras jornaleras que acaban de salir del tajo, de una finca de fruto rojo: quizá de frambuesas, quizá de arándanos, quizás de fresas. Una cosa está clara, están ahí, en ese pinar, porque no quieren que sus jefes las vean. 

[Continúa la música]

La segunda imagen de este episodio, si este episodio tuviera imágenes, sería la de un sociólogo francés, a finales del siglo XIX, escribiendo en su despacho. Es Gabriel Tarde, un sociólogo que ha caído un poco en el olvido, y que hacía un tipo de investigación que él llamaba “infinitesimal”. Decía que para él, lo importante no eran los grandes hechos que habían quedado en los libros, sino algo que generalmente se escapaba entre las páginas de esos libros. 

En su mesa, Tarde estaría escribiendo que, para entender la revolución francesa, por ejemplo, no era tan importante entender qué habían hecho los generales, dónde habían ocurrido las grandes batallas, sino saber, qué campesinas o campesinos, y en qué regiones de Francia, habían sido los primeros en negar el saludo a los terratenientes. 

[Voces de mujeres: ¡Hola! ¿Trabajáis en el campo?]

Y decía que quien entiende la Revolución Francesa sin pararse a pensar en aquellos campesinos que dejaron de saludar a sus jefes, no está entendiendo nada, porque se le escapa algo imperceptible, algo innombrable. Las corrientes subterráneas que van transformando la historia.

Llevo 2 años documentando una de esas corrientes ya no tan subterráneas: El trabajo de un grupo de jornaleras que se han organizado para ayudar a otras jornaleras en las fincas del fruto rojo de Huelva, en Andalucía. El lugar de España que más fruta exporta; el lugar de España que más mano de obra barata importa. A una de ellas, le presté una grabadora. Esta es su historia y no es solo una historia de lucha. 

Ana: Pues mira, me gustaría que me preguntarán a mí y a mis compañeras, que nos preguntarán cómo estamos.

Isabel: También hay otra historia que empezó a emerger en esos dos años de grabaciones y en ese de ese diario que fue registrando con su grabadora.

Ana: Pero no solo cómo estamos a la hora de hacer la lucha, si salen bien las elecciones sindicales, si salen bien las demandas, si se ganan los juicios, sino cómo estamos, cómo están nuestros cuerpos, cómo están nuestras cabezas. Porque creo que es algo de lo que se está hablando muy poco y que es, vamos, pero súper urgente que se hable ya y que se ponga sobre la mesa en todos los espacios, en todos. 

[Sintonía]

Isabel: Bienvenidas y bienvenidos a De eso no se habla. 

[Isabel]: ¿Y cómo estás?

[Ana]: Pues…

Isabel: El episodio de hoy se llama Ana. 

[Sonido de ambiente]

Isabel: Ana tiene 36 años. Es morena, de pelo liso y negro, un flequillo cortísimo, lleva mayas, riñonera. Es de Escacena del Campo, un pueblo de Huelva muy cerca de Sevilla. Empezó a trabajar en el campo con 16 años, 

[Isabel]: ¿Dónde vamos, Ana?

Isabel: cuando dejó el instituto 

[Ana]: Vamos al instituto de Paterna del Campo.

Isabel: En febrero de este año, la acompañé a ese mismo instituto por primera vez desde que dejó de estudiar. 

[Ana]: Una charla ahí, a los chavales. Madre mía.

Isabel: No había dormido en toda la noche y estaba muy nerviosa. 

[Ana respirando fuerte.]

Isabel: Iba allí a contar su historia desde que dejó de estudiar. 

[Ana]: El audio ese va a ser 90% resoplidos y 10% hablado.

Isabel: En nuestras entrevistas, Ana ya me había contado que había sido una alumna rebelde. 

[Ana]: ¡Buenos días Mercedes!]

Isabel: También me había dicho que esa rebeldía le venía de haberlo pasado muy mal en la escuela. 

[Ana]: (riendo) Yo hice lo mismo que tú cuando me lo dijeron (risas)

[Mercedes]: No me lo puedo creer. 

[Ana]: ¿Qué te parece cómo ha cambiado…?

Isabel: Y eso escucho en cómo le saluda la gente que sigue trabajando allí: se acuerdan de ella y le hablan con una mezcla de sorpresa porque ahora venga a dar una charla, pero también como de reconocimiento. Y hasta de cariño, diría yo. 

[Timbre del colegio]

[Ana]: Bueno, pues buenos días. Y yo voy a decir una cosa antes que nada y es que creo que es la primera vez que voy a echar una clase de este instituto en la que me voy a portar bien (risas) y en la que me voy a portar bien todo el rato, además. 

Isabel: Los estudiantes que la escuchan son  de cuarto de la ESO. Tienen la misma edad que ella tenía cuando se fue de allí. 

[Ana]: Hasta que con 16 años se me ocurrió la brillante idea de decir que dejaba de estudiar para irme a trabajar campo. 

Isabel: Los 16 son la edad en la que la educación deja de ser obligatoria en España. La edad en la que toca decidir si una sigue estudiando o no. 

[Ana]: Ustedes ya sabéis, y ya os lo habrán dicho también vuestros padres, que si queréis estudiar y si no queréis estudiar, os vais a largar al campo. 

Isabel: Huelva es una región fundamentalmente agrícola. En el campo siempre hay trabajo, o siempre lo había. 

[Ana]: Y la verdad que a lo primero cuando trabajaba en el campo pues estaba bastante contenta. Imaginaos con vuestra edad cobrar más de 1.000 euros todos los meses, porque antes había casi todo año de trabajo en el campo, que tenía yo para mi tabaquito, pa mi cosita. Me compré mi coche con 18 años. Bueno, y estaba ahí encantada. Era la reina del mambo. 

Isabel: Ana empezó haciendo el recorrido que hacían muchos jornaleros entonces: empezaba el año en el melocotón, después pasaba a la ciruela, de la ciruela, a la uva, de la uva, a la naranja, y vuelta a vuelta a empezar con el melocotón. 

Estuvo haciendo ese recorrido un tiempo, pero un año, el melocotón se retrasó. En el trabajo del campo no existen los contratos indefinidos. Si no hay fruta que recoger, no se trabaja y, por tanto, no se cobra. 

Ana: El tiempo que no había trabajo en el campo, pues tenía que cobrar paro, ¿no? Típico paro de la renta agraria que se cobra aquí en Andalucía cuando no hay trabajo en el campo. Y el paro, pues ahora mismo son unos 450 euros al mes durante seis meses. Y todo esto sí pagas durante todos los meses 130 euros que te cuesta el sello agrario. O sea que tenemos que pagar 130 euros al mes para poder cobrar el paro, que son la maravillosa cuantía de 430 euros.

Isabel: En su casa no podían permitirse estar sin cobrar. Ana vivía con sus padres y con su hermano, una familia de jornaleros, como ella. Lo único que hemos tenido siempre han sido nuestras manos para trabajar, me dijo en una entrevista.

Así que cuando una amiga le habló de una finca en Almonte donde estaban recogiendo arándanos y necesitaban gente.

Ana: Pues, ¿por qué no probamos? Que me ha dicho una chavala del pueblo que si me quiero ir con ella en el coche, no sé que… Sí, mi madre dice pues vámonos para allá. Yo siempre, casi siempre, he trabajado con mi madre. 

 Ana y su madre se fueron allí a trabajar. 

 

No fueron las únicas. El 70% de las personas que trabajan en el campo en Huelva hoy, trabajan en el fruto rojo. De Huelva son el 98% de los frutos rojos que comemos en España y el 30% que se come en Europa.

Isabel: No era un trabajo fácil. El fruto rojo es mucho más delicado que la fruta que había cogido antes.

[Ana]: Fruta que es como delicada, que no la puedes tocar mucho, que tienes que quitarle la pelusita, el cabito, los gordos. Echar luego los gordos, los chicos con los chicos. El que esté malo echarlo a otra caja…

Isabel: Pero Ana aprendió rápido. Y empezó a disfrutar del trabajo, y sobre todo, de estar con sus compañeras, con su cuadrilla. Eran como una familia. Ana me enseñó vídeos de aquellos años. 

[Risas de Ana]

[Voz femenina del video]: Venga vámonos ahí a coger uvitas ahí y ahora, que todavía lo son y hemos hecho la tarea a. Nos vamos pa’ casa.

Isabel: En el vídeo se ve a Ana con una amiga en primer plano, y detrás otras mujeres viéndolas bailar. Todas llevan pañuelo en la cabeza, gorra y, una riñonera que, Ana me contó, es la compañera indispensable de cualquier mujer que trabaja en el campo: ahí llevan compresas, Tampax, el móvil, cartera y siempre, siempre, pastillas para el dolor. 

[Risa de Ana]

Isabel: Ana y su amiga bailan. Habían terminado de recoger sus cajas y esperaban a que terminaran el resto de compañeras. Así que ponían una canción en el móvil y se dedicaban a bailar mientras el resto terminaba. 

[Ana]: Aquí todavía no habían prohibido. No habían prohibido la música. No. (Risas) Madre mía, mira. (Voces, risas) La gente está partiéndose el culo con nosotras. Esto ya, ya habíamos terminado. 

[Música]

La música fue solo una de las cosas que prohibieron. Hacia 2008, empezaron a llegar reglas. Ana se lo siguió contando a los estudiantes de la clase. 

[Ana]: Y claro, la cosa se fue dando cada vez peor.

De hecho, a muchos tajos le ponen nombres de cárceles. Venga, llamamos a Guantánamo, ya vamos a meternos aquí en Alcatraz. Te plantan un papel por delante con un montón de normas. Se prohíbe hablar con los compañeros a no ser que sea tema relacionado con el trabajo, la ropa que tienes que llevar cuando no te ofrecen ningún tipo de uniforme. Tú tienes un chip y ahí saben a tiempo real cuántas cajas estás cogiendo, a qué hora, en qué momento. Hacen una media en la oficina y quien venga de la mitad para abajo, te ponen en una lista pública donde te ve todo el mundo y te abochornan delante de toda la gente diciendo que te espabilas. 

Isabel: En otra entrevista, Ana me contó que las cosas no cambiaron de la noche a la mañana, que no fue de golpe. 

Ana: No sé, yo siento que ocurrió algo que empezaron con normas, con el tema de la productividad, de sanidad, de tenerlo todo perfecto, de que produzca mucho, de que ni siquiera hable. Y nos lo han ido metiendo poquito a poco, ¿sabes? Es como en el cuento de la criada, cuando te mete la tía la bañera caliente y le empieza, daba cada vez más fuerte y la tía ni se entere y cuando se da cuenta está ardiendo. Pues, aquí fue lo mismo.

Isabel: Para entonces, Ana se había independizado y llevaba unos 15 años trabajando en el campo. Dice que siempre la llamaban la primera para ir a trabajar, y que siempre se iba de las últimas. Pero quizá precisamente por eso, no quería aceptar esas nuevas normas. 

Ana: Nosotros decíamos pero esto, ¿esto de dónde viene? ¿Esto cómo puede ser posible? Que de buenas a primeras en el campo tantas normas, tanta historia, una seguridad tremenda con la fruta. Bueno, la fruta importaba más que la gente. De hecho, cuando está lloviendo te dan unos cartones, unas historias para que la ponga la fruta, para que cuando vayas de un lado a otro no se moje, pero a ti te dan por culo, ¿sabes? Tú si te mojas.

Isabel: Empezó a protestar, a quejarse, a tratar de hablar con los jefes. 

Pero también empezó a ver que sus compañeras, con las que antes bailaba y se reía en el trabajo, ya no la seguían en sus denuncias. Las nuevas reglas habían tenido también, o sobre todo, esa consecuencia. 

Ana: Esto había creado también que la gente con la que trabajaba, que era como mi familia, se rompiera y ya cada una mirara por lo suyo. Y siempre una competición, siempre una pelea, una historia. 

Isabel: Ana empezó a sentirse muy sola.

Ana: Sabes que me empezó a llevar a un malestar en el trabajo que me decepcionó mucho, me ponía muy triste, sobre todo me daba también una rabia tremenda. Y me quemaba por dentro el tener ganas de liarla y de no aguantar los abusos, pero nada, sentía que nadie me acompañaba para hacerlo y si lo hacía yo sola iba a perder mi trabajo. Y ahora que yo ya me había independizado, yo no podía permitirme eso porque era mi único sustento, trabajar en el campo. Entonces fue como todo eso junto, que empecé otra vez a tener síntomas fuertes de ansiedad, agorafobia.

[Música]

Isabel: Ana dice “otra vez” porque no era la primera vez que tenía ataques de ansiedad ni de agorafobia. Tampoco era la primera vez que se sentía sola.

Ana no le contó esto a los estudiantes, en aquella charla. De hecho, cuando empezamos a hacer este podcast, tampoco me lo había contado a mí. Y yo pensaba que esta historia iba a ser la de cómo empezaron a cambiar las condiciones en el campo y la de lo que ella consiguió hacer contra todas esas reglas.  

Pero mientras iba documentando esta historia, mientras la iba entrevistando y sobre todo cuando le presté la grabadora y Ana fue grabando su diario, empezó a aparecer otra cosa. Porque debajo de la historia del trabajo en el campo y los momentos de alegría y cómo todo eso fue cambiando, y cómo lo transformó en otra cosa; debajo de eso, estaba la historia de cómo Ana vivía eso a nivel personal y, sobre todo, cómo vivía eso a nivel de su salud mental. 

Y para hablar de eso, tengo que hacer una pausa en la historia de Ana la jornalera, aquí, dejarla parada en ese momento en que empieza a protestar, y viajar a su pasado, y explicar algo que es necesario para entender la otra parte de esta historia, la de su salud mental. 

[Ana]: Ay, dios mío.

Isabel: Ana no tuvo una infancia fácil. 

Ana: Bueno, eso fue bastante complicado. 

Isabel: La llamaban “machorra” 

Ana: En los pueblos aquí en Andalucía, la niña apuntarse a clases de sevillana es como muy, muy típico. Y yo lo odiaba, tío, el hecho de tenerme que ponerme un vestido y unos tacones y bailar, vamos, era como lo peor que me podía pasar en la vida. 

Isabel: La llamaban morita.

Ana: A los niños y a las niñas que nacen y no los bautizan, se les llama Morita. Y era como que claro, si no eres cristiano es porque eres, porque eres moro, ¿sabes? 

Isabel: Sus padres no habían querido bautizarla, ella no había querido hacer la comunión y en el colegio era la única niña que no iba a clase de religión.

Ana: Me decían que no me quería nadie, que no querían juntarse conmigo. A lo mejor intentaba acercarme a algún grupo y demás y siempre me rechazaban y me decían que no, que yo era muy rara.

Isabel: A veces dice que se sentía como una extranjera, como de fuera, como que no era su lugar. Y la estrategia que encontró fue aprender a defenderse. 

Ana: Acababa defendiéndome antes de que me pegaran o me hicieran algo. Y tenía como un odio, un odio profundo a todas las niñas no, y a todos los niños y era incapaz de relacionarme. 

Isabel: Así que pasó su infancia bastante sola, tanto en la calle, como en el colegio.

Ana: Yo odiaba estar en ese sitio donde la gente no me trataba bien, donde los profesores no me trataban bien y donde era muy complicado sobrevivir tantas horas al día sin ningún tipo de arropo.

Isabel: Cuando tenía 11 años, Ana se metió en su habitación y no quería salir. Paso así días.

Ana: No quería comer. No quería salir a ducharme. No quería… Parecía que me moría. Parecía que salía de la habitación y me moría. 

Isabel: Después de mucho intentarlo, su madre consiguió que le dieran cita en un centro público de salud mental.

Ana: Y recuerdo que lo pasaba allí fatal, fatal. Porque me veía allí como tan joven y veía a gente mucho más mayor que yo siempre. Y a mí eso me daba miedo, me ponía nerviosa, me asustaba. De hecho el mayor miedo creo que tengo a día de hoy que iba a acabar loca o que iba a acabar como ellos porque consideraba que ellos eran los locos.

Isabel: Le diagnosticaron ansiedad y agorafobia. Ahora sabe que aquella fue su primera crisis de salud mental. 

Ana: Me mandaron también un montón de pastillas, que recuerdo de hecho que me tomaba cincos pastillas al día. Y era como tenía unas alarmas en el teléfono y ahí me iba sonando a cada tres, cuatro horas… 

[Música]

Isabel: Es difícil saber dónde y cómo y por qué empieza un problema de salud mental. Si una nace con ello, si es el contexto. Supongo que son siempre una mezcla de las dos. Pero lo que sí sé de esta historia es que a Ana no le pasó esto solo por cómo se sentía en la escuela y en el colegio, por cómo se sentía fuera de su casa, también le pasaba algo dentro.

Eso ha sido lo más difícil al hacer esta historia. Hablar sobre eso, sobre lo que ocurría en su casa.

Hemos grabado muchas veces, por Zoom.

[Ana]: Te iba a decir por qué no se me ve.

Isabel: En persona, en el Prado Luna.

[Ana]: Mira la garza

Isabel: Un prado al lado de su casa donde hicimos la mayoría de las entrevistas de este episodio y que es uno de sus lugares preferidos. 

Pero Ana no se sentía preparada para contarlo.

Ana: Es que realmente no quiero hablar de eso. No es algo que no haya vivido ningún hijo o ninguna hija, pero el nombrarlo como tal me cuesta, me cuesta. No sé si es miedo, si es, no sé. Pero me cuesta, me cuesta. Creo que no estoy preparada ahora mismo para hablar de eso, no sé. 

[Música]

Isabel: Y hacer audio, contar historias que pertenecen a otras personas, es también eso. Acariciar los bordes de esos silencios. Señalarlos, decir que están ahí, que de ahí nacen tantas cosas, pero no necesariamente contarlos. Así que aquí queda marcado este silencio. El silencio de lo que sucedía también de puertas para dentro.

[Fin de la música] 

Isabel: Con ese silencio, Ana pasó de la escuela al instituto. El instituto estaba en otro pueblo un poco más grande, llamado Paterna del Campo. Era el único de la zona y allí se juntaban chicas y chicos de todos los pueblos de alrededor. 

Ana: Empecé a conocer a gente de todo tipo, de mil formas, ¿sabes? Y  pues mira, empecé como a sentirme que, que encajaba. Eso sí, la liaba parda, pardisima. La liaba mucho. Madre mía.

Isabel: Ana seguía siendo muy rebelde. 

Ana: Sí, era bueno, la malota. Creo que automáticamente pensaría, no me va a volver a pasar lo mismo que me ha pasado en el colegio y voy a ir yo poniendo la norma por delante, ¿no?

Isabel: Pero parece que los profesores entendieron que esa era la manera que encontró para encajar en un sitio nuevo, donde empezaba de cero. 

Ana: Ellos sí que supieron entenderme, ¿sabes? No hizo falta contarles nada y ellas perfectamente se habían dado cuenta de lo que ocurría y…

Isabel: Las profesoras no necesitaban saber para acompañarla en su historia. Un poco como lo que estamos haciendo nosotras al escucharla ahora, acompañarla sin saber del todo. 

Pero en su casa, la situación cada vez era más difícil. 

Ana: Y yo veía que en algún momento, pues, nos íbamos a tener que ir de mi casa. De hecho esa era como mi mayor, esa era mi única meta en la vida: que mi madre, mi hermano y yo no fuéramos de mi casa.

Isabel: Cuando cumplió 16 años, Ana volvió a tener una crisis. 

Ana: De ansiedad, de agorafobia, habían muchas cosas ahí en mi cabeza. La situación que tenía en mi casa era la que era, de la que no quiero hablar.

Isabel: Ana sabía que no podría estar ahí mucho tiempo más. 

Ana: Y ahí dije mira, yo me tengo que poner a trabajar. Y al final pues decidí irme al campo con 16 años. Fue por ese motivo precisamente no fue porque era rebelde, que sí, que también, pero que yo aprobaba…

Isabel: Y ahí empezó la historia que ya hemos oído, la que les contó a los chavales de la clase, en ese mismo instituto. El trabajo en el melocotón, en la ciruela, en la uva, y luego en el fruto rojo. Y los primeros años sentía que tenía una familia, que había encontrado, de nuevo, su lugar, y que por fin se había curado, como ella dice. Con 22 años, dejó la medicación que había estado tomando desde los 11.

Ana: Entonces eso fue pa mí como, como no sé, como si me hubiesen sacado de una jaula o de una cárcel. Y empezó ahí pa mí lo que viene siendo una vida normal. La vida que tiene la gente normal de mi edad, sin tanto dolor, sin ansiedad, pudiendo ir tranquila…

Isabel: Pero entonces llegaron los cambios, las nuevas normas y con ellas, sentirse sola otra vez. 

Y es ahí, justo, donde nos habíamos quedado en su historia, y donde volvemos a encontrarla ahora, hacia el año 2018, recogiendo arándanos en esa finca de Almonte. 

Ana dice que se hartó cuando les prohibieron escuchar la radio mientras trabajaban.

En esa radio, Ana había ido escuchando cómo otros colectivos de trabajadores se iban organizando. Y mirar a su alrededor y ver que sus compañeras no querían denunciar las condiciones que estaban viviendo 

Ana: Me mandaba todo el mundo callar, que vas a perder trabajo, tal, tal, tal. 

Isabel: La hizo protestar más aún.

Y sus jefes dijeron basta. No la echaron, pero sí quisieron castigarla. Sabían que lo que más le iba a doler era separarla de su cuadrilla, a pesar de todo.

Primero la aislaron. La mandaron a trabajar sola a otra finca. Estuvo así, trabajando sola un mes. Después, la mandaron al otro lado de la finca, a trabajar con una cuadrilla de unas 50 mujeres marroquíes que venían con “contrato de origen”. Son esas mujeres que vienen, cada año, por unos meses, a hacer la campaña del fruto rojo a Huelva. Y que viven allí, en barracones, en la misma finca.

Pero, lo que para sus jefes era un castigo, para ella acabó siendo todo lo contrario. Y es que, con esa nueva cuadrilla, por primera vez en mucho tiempo Ana sintió que sus compañeras la apoyaban en sus denuncias. 

Ana: Ellas fueron las que me hicieron a mí entender, que había mujeres que todavía estaban en peores situaciones que nosotras trabajando en el campo. Y precisamente ocurrió un día, pues una cosa, yo estaba protestando porque no me dejaban ponerme un un chaleco de tirantas y dije que yo no aguantaba más y que me iba a poner chaleco de tirantas. Y llegó el encargado, me dijo que me iban a despedir, que me fuera tal y cual. Y cuando empezaron a escuchar las voces, revuelo y demás dijeron, ¿qué pasa? Y dijeron pues si Ana, no trabaja, la cuadrilla no trabaja y se echaron todas al camino y… 

Isabel: Ana me contó esto en un autobús camino de Almonte, en 2021. Creo que fue el mismo día que la conocí. Yo había viajado a Huelva con un grupo de mujeres para saber cómo vivían las jornaleras allí. Y en ese autobús, ella y Nayet, una compañera con la que había trabajado durante muchos años, nos llevaron a conocer aquellas mujeres con las que habían estado trabajando en 2018.

[Nayet]: Vamos a ver que ya están aquí.

Isabel: He modificado sus voces para que no sean reconocidas y no tengan problemas.

[Ana]: (Risas) ¡La mafia de marruecos! (Risas)

Isabel: Hacía mucho tiempo que no se veían. 

[Voces de las jornaleras]

Isabel: Después de un ratito en el autobús poniéndose al día, fuimos con ellas a un pinar alejado de la finca

[Ana]: Yo, para que no estar mucho, pa que nos vean desde la carretera.

[Jornalera]: Sí porque pasan por aquí los coches de la empresa también. 

Isabel: Y allí nos empezaron a contar. Las que traducían eran la propia Nayet y Hanan, otra compañera de aquel grupo de mujeres con el que viajé a Huelva. 

Traductora: Así que muchas mujeres quieren venir, pero por miedo no han venido.

Isabel: Esas cosas que nos contaron eran las mismas que Ana había ido escuchando en 2018, cuando empezó a trabajar con ellas. 

[Música]

Traductora: Que cuando llegan les hacen firmar un montón de documentación y esa documentación, ni siquiera la firman en árabe, están en español y nadie les explica que hay en esa documentación… Ahora mismo, que bueno, que no tienen la tarjeta sanitaria, que cuando se enferman les acompaña una mujer marroquí al centro de salud, luego les como que les llega como una especie de multa

[Voz de jornalera en árabe]

Traductora: Solo trabajan durante la jornada. Ahora por la tarde con toda la calor, una vez que llegan a la casa se viene la encargada a gritarle venga que hay que limpiar, que viene un control, cosa que no… 

[Voz de jornalera en árabe]

Traductora: que ellos no tienen trabajo para ti, no te lo pagan, el día que te enfermas y no trabajas tampoco te lo pagan, el día que tu trabajas da igual lo que saques, cobras por jornada y ya está.

[Voz de jornalera en árabe]

Traductora: Dice que ella lo único que le puede decir a una compañera que quiera venir por primera vez a España, que lo piense dos veces porque es lo mismo. Aquí y en Marruecos es lo mismo. O sea que eso de que piense que aquí en España van a estar mejor…

Traductora: Me está preguntando, ella como lleva 13 años viniendo, si tiene el derecho algún día de sí de arreglar su situación aquí en España. 

[Música]

Isabel: Ana me dijo que, con esas mujeres que venían de fuera, con esas mujeres con las que casi no podía comunicarse en castellano, había dejado de sentirse, por primera vez en mucho tiempo, extranjera. Lo dice así, con esa palabra, extranjera. Pero solo pasó con ellas unos meses. A los jefes les empezó a parecer peligroso y decidieron mandarla con otra cuadrilla. 

Ana recuerda que el primer día que empezó a trabajar con esa cuadrilla, lejos de sus compañeras marroquíes, de repente se vio a sí misma allí y se preguntó qué estaba haciendo. 

Ana: ¿Pero yo qué hago aquí? Yo aquí ya no tengo nada que hacer y ya me han quitado de la cuadrilla con la compas de Marruecos. Y me fui al comedor, me volví y le dije al encargado “mira, coge mi chip y lo mandó a la oficina y me das de baja que yo no voy a trabajar más aquí”. 

Isabel: Y se marchó. Se marchó de aquella empresa en la que llevaba trabajando más de 14 años. 

Ana: En ese momento tenía tanta rabia que le dije: lo juro que cualquier día voy a contar lo que está ocurriendo aquí. Pero no lo voy a contar para que se entere la gente del pueblo, que ya sabe lo mismo que pasa aquí, igual que yo, sino que todo lo voy a contar que se va a enterar la gente de todo el mundo. Digo, ya veré como me las apaño, pero voy a denunciar la barbaridad de que hacéis aquí con los trabajadores.

Isabel: Y, justo entonces, saltó la noticia. 

[Reportero]: La ley del silencio parece haberse roto definitivamente en los campos de fresas de Huelva.

[Reportero]: En Huelva han presentado hoy una denuncia ante la inspección de trabajo.

[Reportero]: El contingente de mano de obra extranjera en la campaña fresera…

[Reportero]: denuncia explotación laboral 

[Reportero]: y los abusos sexuales de los que dicen ser víctimas. 

[Voces de la manifestación]

Isabel: Aquellas mujeres que se atrevieron a denunciar estaban en una finca muy cercana a la suya, también en Almonte. Era la primera vez que una denuncia en las fincas del fruto rojo llegaba a tantos medios de comunicación. Llegó hasta el Parlamento Europeo. Por fin en España se miraba a Huelva. Y Ana entendió que eso era lo que tenía que hacer: hablar con los medios.

Ana: Yo entendí que básicamente eso era lo que iba a poner en el foco, lo que estaba ocurriendo, que por fin la gente se había enterado de que había empezado a destapar los abusos que sufrimos en el campo. Y entendí que era la única manera, porque si no nos amenazaban siempre y era como que…

Isabel: Así que Ana y su compañera Najat empezaron a llamar a periodistas para contarles los casos de abusos que conocían. Un día, estaban hablando con una de esas periodistas en un pinar cercano a Almonte y les llegó un mensaje: nueve de aquellas mujeres que habían denunciado habían conseguido escapar. 

Ana: Y casualmente nos enteramos que iban pa Almonte, que intentaban buscar ayuda y demás

Isabel: Así que decidieron ir a buscarlas. 

Ana: Las encontramos en el Almonte. Estaban en una acera tiradas. Venían con la ropa rota de haber saltado la valla y demás. Y bueno, al final nos vimos metidas en todo este fregado. Fuimos al final las que acabamos gestionando donde se quedaban esas mujeres esa noche, que de hecho se quedaron aquí en mi pueblo. 

Isabel: De repente, Ana, se vio implicada en la denuncia más grande que había habido hasta el momento en los campos de Huelva. 

Ana: A mí personalmente me hizo un click en la cabeza y dije aquí hay que perder el miedo a que hay que tomar ejemplo de ellas y  aquí ya veremos cómo lo hacemos. Pero hay que empezar esta lucha que hasta día de hoy nadie había hecho. 

Isabel: De la noche a la mañana, la empezaron a llamar de todos lados.  

[Reportero]: ¿Cuánto tiempo hace que trabajáis en el campo?

[Ana con voz distorsionada]: Yo hace 16 años.

Isabel: Como en esta entrevista, en Salvados, en la que habla, por cierto, con la voz cambiada y de espaldas, para que no la reconocieran. 

[Ana con voz distorsionada]: Sin embargo nadie es capaz de echarse pa’ adelante y decir, no pues yo no voy a correr ni me voy a llevar todo el día con la lengua afuera…

Isabel: Y hasta un sindicato pequeño le ofreció trabajar con ellos. 

Ana: Y yo decía y cómo me meto ahora en una cosa de esta, que yo no voy a trabajar más en el campo y si no trabajo del campo luego qué hago. Pero hablé con mi madre y mi madre me dijo, mira, ojalá yo hubiese tenido la oportunidad de hacer lo que tú estás haciendo ahora. 

Isabel: Con ese sindicato, Ana pasó un tiempo yendo de finca en finca con su furgoneta para hablar con otras jornaleras sobre su situación, para organizar asambleas, para repartir octavillas. Pero tampoco acabó de sentirse cómoda allí: no le gustaba no poder hacer el trabajo como ella creía que tenía que hacerlo y solo estuvo allí 4 meses. 

Cuando se fue, quiso volver a su vida anterior, así que llamó a las fincas en las que había trabajado antes para volver a ser jornalera.

Ana: Y justo, casualmente, me dijeron que que no había trabajo ese año pa mí. Y esto incluso en una finca que no es ni en Huelva, es de uva y es en otra provincia, en Sevilla. Y ya se me cerró ahí como, ahí fue cuando dije, osea, no voy a trabajar más en el campo, ni en Huelva, ni en los alrededores. 

Isabel: De repente, se le habían cerrado todas las puertas. Empezó a trabajar en bares los fines de semana, también se puso a estudiar… Y mientras tanto, seguía visitando fincas con otra compañera que se había ido también del sindicato, Carmen. 

[Música]

Isabel: Y unos meses después, en enero de 2020, Ana, Carmen y otras compañeras se enteraron de que iba a haber un gran evento sobre la fresa en Sevilla. Allí, las empresas del fruto rojo iban a presentar el “Prelsi” -un plan que, decían, iba a proteger a los trabajadores del campo ante los abusos que habían denunciado dos años antes.  En la jornada iba a haber desde catedráticos de la universidad hasta el defensor del pueblo, pero ni una sola jornalera. 

Ana: Y dijimos, mira, nosotras no nos ha invitado nadie, pero nos vamos a auto, invitar nosotras, nos vamos a contarle la verdad a la gente de lo que ocurre en el campo.

Isabel: Se organizaron así: 

Ana: Y dijimos bueno, ¿y qué podemos hacer? 

Isabel: Primero se hicieron unas camisetas. 

Ana: ¿Y qué nos ponemos? La Carmen dijo de ponernos Jornaleras de Huelva en Lucha. Digo, venga, vamos a ponernos eso mismo. 

Isabel: Después, hicieron unos folletos con las normas de la empresa en la que trabajaba Carmen. 

Ana: Fuimos a la Universidad de Sevilla, imprimimos 100 copias y nos presentamos allí. 

Isabel: Se pusieron una chaqueta encima de la camiseta y se metieron las 100 copias en el bolsillo. 

Ana: Cuando entramos dentro de la sala nos quitamos la ropa que llevábamos puesta y salimos con la camiseta de jornaleras y tal. 

Isabel: Y cuando los organizadores preguntaron si alguien quería hablar…

Ana: Sí, nosotras tenemos una pregunta, claro. Cogimos micro y dijimos pues mira, yo soy Ana, llevo trabajando en el campo tanto tiempo y venimos desde Huelva porque nos hemos juntado unas cuantas trabajadoras.

[En el evento] 

[Ana]: Aprovechando que tenemos unos cuantos del sindicato que supuestamente nos representan, ¿cuándo pensais la subida del salario mínimo a las trabajadoras y los trabajadores del campo? Y que lleguemos a los 900 euros como el resto de trabajadores españoles. 

Isabel: Esa fue la primera vez que Ana habló en público en un acto.

[Continúa el discurso de Ana en el fondo]

Ana: Madre mía, yo estaba con nervios porque a mí me daba una vergüenza hablar en público que no es normal. Y digo, ¿yo qué coño hago aquí? ¿Yo qué digo, qué hago? Como si yo no entiendo de esto y tal, pero era como que me iba saliendo las cosas solas.

[Mujer]: O las mandas pa Marruecos cuanto antes mejor… es realmente esto un plan de prevención o..?

Moderador: Quedan anotada las dos preguntas, yo voy a dar la palabra para que respondan…

Isabel: Aquella intervención se había retransmitido en directo y mucha gente la había visto. Y mucha más gente la vio después: cuando Ana terminó de hablar, se les acercaron muchas personas a preguntar cómo podían contactarlas. 

Ana: Ahí, eso fue donde se nos ocurrió crear una página en. Facebook y decir, venga, vamos a seguir denunciando lo que ocurre y vamos a poner toda la información de todo. Y esta es la página y lo hacemos como oficial, que somos jornaleras de Huelva en Lucha.

Isabel: Así nació Jornaleras de Huelva en Lucha. 

En muy poco tiempo, el vídeo se hizo viral, la página se llenó de comentarios…

Ana: (risas) Lo que pone “ole tu coño” hasta a alguien que pone aquí “el campo, otra historia. Otra historia abandonada. No hay nadie que nos defienda. Somos los olvidados de esta sociedad. Somos esclavos en el siglo 21”. 

Isabel: Y una cooperativa de abogadas las llamó para apoyarlas. Ana y otra compañera  podrían seguir denunciando lo que pasaba en las fincas de frutos rojos en Huelva. 

[Ana]: Sí. Mira, nosotras defendemos los derechos de la gente que trabaja en el campo. 

[Mujer]: Sí…

[Ana]: Y como sabemos que en muchos sitios no pagan, tratan mal a las mujeres,

Isabel: Pero de la manera que ellas quisieran, con la libertad que no habían sentido en el sindicato.

[Ana]: esto es información con los derechos, lo que tiene que cobrar al día, cuántas horas puede trabajar, las hora extra, todo hay que pagarla y demás. 

[Mujeres]: Vale, vale. Gracias. 

[Ana]: De nada.

Isabel: Solo un mes después de que empezaran, llegó la pandemia. Ana y su compañera, María, se vieron de repente encerradas en una casa, sin poder salir a reunirse con otras jornaleras. Estuvieron a punto de tirar la toalla, pero en lugar de eso decidieron reinventarlo todo. Se crearon cuentas en redes, crearon grupos de Whatsapp con toda la gente con la que habían trabajado en el campo, hicieron octavillas digitales para informar sobre los derechos de las jornaleras bajo el estado de alarma, y ahí abajo, en esas octavillas, pusieron su número de teléfono. Y ese teléfono no dejó de sonar. 

Empezaron a sacar comunicados y a hacer denuncias: ante la inspección de trabajo, pero también en los ayuntamientos de los pueblos freseros para denunciar que en las fincas no se cumplían las medidas de Covid. Comenzaron a ayudar a jornaleras que estaban enfermas de cáncer y no tenían acceso a sanidad. El salón de Ana se convirtió en un almacén en el que los vecinos de Escacena iban dejando mascarillas, alimentos y otros productos que después ellas repartían en los asentamientos chabolistas donde vivían muchas de aquellas jornaleras y donde nadie más estaba llegando.

En muy poco tiempo, Jornaleras de Huelva en Lucha empezó a conseguir cosas que Ana antes no hubiera imaginado: que se readmitiera a jornaleras despedidas injustamente, que se les pagara lo que se les debía, que tuvieran acceso a la sanidad. Denunciaron ante la ONU. Se enfrentaron hasta con sus antiguos jefes para defender a otras compañeras que seguían trabajando allí. 

[Ana]: Hombre, Mari Carmen, me he llevado 14 años trabajando en esa empresa 

Isabel: Crearon su propio sindicato…

[Ana]: Te aseguro yo a ti que me creo lo que me diga la mujer

[Mari]: Carmen: Pues yo llevo 26…

Isabel: Y, a la vez, consiguieron algo igual de importante. Consiguieron que el problema en torno al fruto rojo se volviera cada vez más visible. 

[Reportero]: Ana Pinto, ella es miembro de Jornaleras de Huelva en Lucha. Ana, muy buenas noches.

[Ana]: Hola, buenas noches. ¿qué tal?

[Reportero]: Las miles de mujeres que llegan cada año

[Ana]: …que queda claro que existen trabajadores de primera y trabajadores de…

[Reportero]: Jornaleras de Huelva en Lucha cubre, dice, un hueco desatendido…

[Reportero]: Ana, mucha fuerza y muchas gracias.

[Ana]: Muchas gracias a vosotras.

Isabel: De repente, Ana estaba cumpliendo su promesa, o más bien su advertencia, aquella que había hecho cuando se fue de la finca de Almonte: que todo el mundo supiera de lo que estaba pasando en los campos de Huelva. 

[Aplausos]

Isabel: En 2021, les concedieron uno de los premios de derechos humanos más importantes del mundo, en París. 

Se reunieron con la Ministra de Trabajo, con la de Igualdad, con la Organización Internacional del Trabajo.

[Ana]: dónde iba Yolanda Díaz a reunirse con un grupo de trabajadoras, ya ves, la Ministra de Trabajo reunirse con un grupo de trabajadoras.¡Que locura!

Isabel: Y hasta gente que ella admiraba 

[Reportero]: Clara Peya, pianista, compositora, un montón de cosas… Alba flores, actriz…

Isabel: Hizo una canción para que pudieran seguir denunciando. 

[Reportero]: un proyecto cuyos beneficios son para las jornaleras de huelva, ¿eso es así?

[Alba Flores]: Sí, Jornaleras en Lucha. Org

[Suena la voz de la pianista Clara Peya]

Isabel: Esta es la pianista clara peya, presentando la canción en un concierto en Cádiz. 

[Clara Peya]: y bueno, se llama “Mujer frontera”, y hoy tengo la gran suerte… yo llamé a mi amiga Ana Pinto, del colectivo…

Isabel: Clara cuenta que invitó a Ana a subirse al escenario para presentar la canción. 

[Clara Peya]: Y me dijo, tú estás loca. 

Isabel: Pero Ana le dijo que no. En su lugar, se subió Pili, otra integrante de Jornaleras y a la que Ana llama hermana.

[Aplausos]

Isabel: En realidad no era la primera vez que Ana no asistía en persona a algo en nombre de Jornaleras de Huelva en Lucha.

[Canción “Mujer Frontera”]

Isabel: Tampoco fue a recoger el premio Danielle Mitterrand a París. Hacía casi todas las charlas online. Se reunió online hasta con la Ministra de Trabajo. Y siempre parecía tener la excusa perfecta.

Más o menos en esa época, fue cuando le presté la grabadora y en aquellos audios vi la otra cara de lo que se veía en los medios, en las entrevistas y en las charlas. 

[Ana]: Hoy es 30 de septiembre y estoy más mala que un perro… Hoy es 5 de noviembre y bueno, era la primera vez que nos sentábamos con la patronal de hecho, pero no ha podido ser, porque…

Isabel: Era verano de 2021, final del segundo confinamiento, cuando por fin ya podíamos salir.

[Ana]: No he dormido toda la noche.

Isabel: Lo que para muchas personas fue una liberación, para Ana fue regresar al sufrimiento. 

[Ana]: Hoy es que…Ya he apretado un poco el cuerpo. Diecisiete, no sé ni el día en el que vivo. Así vamos aquí ya. Nada, a tranca y a barranca.

Isabel: Hasta entonces, Ana había podido hacer su trabajo sin ningún problema.

Ana: Cuando de cuando dijeron que se levantaba el estado de confinamiento fue como dije madre mía, yo no quiero esto. Quería seguir confinada porque además era perfecto, tenía que dar charlas y cosas y yo me ponía delante de mi ordenador y si yo me encontraba mal en algún momento, pues con cerrar la pantalla tenía bastante. Ya me acostumbré a hacerlo todo desde casa y demás, que cuando dije tengo que salir de casa y tengo que poner a hacer de manera física todo lo que estaba haciendo por el ordenador, se me vino el mundo encima. Y ya toque fondo de alguna manera, y ya dije no. Porque ya lo de la pandemia me ha hecho retroceder y yo ahora, a la hora que tengo que salir a enfrentarme al mundo, no estoy siendo capaz y no voy a poder seguir haciendo la lucha y hay mucha gente con la que tenemos procesos judiciales abiertos, hay mucho trabajo que hacer, es que no puede ser. No voy a poder seguir escondiéndolo tampoco durante mucho más tiempo porque yo tampoco quería contarlo y después siempre como que iba buscando excusas. Pero claro, las excusas al final se acaban agotando. 

Isabel: No fue de la noche a la mañana. Y esta no es una historia con un final feliz. O, al menos, no con un final feliz tradicional. Ana no “se curó”, entre comillas. De hecho, saber eso, saber que no se iba a curar, fue una de las cosas que más le ayudó para estar mejor. Otra de las cosas que le sirvió fue entender que lo que le pasaba no era solo agorafobia o ansiedad. Que eso eran los síntomas de algo que, además, tenía un nombre.

Ana: A las dos o tres sesiones me empezó mi psicóloga a hablar de trastorno de estrés postraumático, de trauma y demás. 

Isabel: Aunque ella no lo conociera, aún. 

Ana: Yo decía madre mía, esto, ¿esto qué coño es? Yo no había escuchado nunca hablar de eso y yo pa mí eso era gente como… pues gente que ha cruzado en patera y ha visto morir a su gente. Y fue como que automáticamente me dio un vuelco la cabeza.

Isabel:Y con entenderlo, también llegó el contarlo. 

Ana: Sí, porque al fin. Al contar día a día de jornalera era contar también cómo me sentía yo.

Isabel: Y contarlo aquí, en este podcast. 

Ana: Y dejar de sentir vergüenza. 

[“Mujer Frontera” sigue sonando]

Isabel: Pero, como sabemos, romper los silencios no sucede como un corte limpio: no empieza allí y termina aquí. 

[Ana]: Ay…

Isabel: Romper un silencio funciona más bien  como quien lanza una piedra a un río. Y de un círculo sale otro, y otro, y otro….

[Ana]: A ver cómo cuento esto.

Isabel: Muy poco antes de que publicáramos este episodio, Ana me dijo que, además de contar lo que le pasaba también quería por qué le pasaba. Que quería nombrar ese silencio del que, al principio de este episodio, no quería hablar. 

Ana: Es como que. A ver, tengo que decir. Sí. Desde que, desde que tengo uso de razón, parece que no me he sentido nunca segura. Ni me sentía segura, ni protegida, ni me aportaban mucho cariño en la calle. Pero el problema era que cuando entraba dentro de mi casa tampoco tenía como toda esa seguridad y todo ese bienestar, no, que y todo ese equilibrio que se puede tener dentro de una casa, no de lo que de lo que se supone que es tu hogar, ¿no? Y básicamente eso viene siendo, pues como ha ocurrido en muchas casas había una situación de violencia machista que se vivía en mi casa y como viví hasta que mis padres se separaron. Y bueno, era eso, no. Que no estaba segura, ni tranquila, ni dentro de mi casa, ni ni fuera de ella. 

[Isabel]: Y lo estás contando.

[Ana]: Sí, sí. 

Isabel: Sabe que el suyo no es un caso aislado, ni excepcional. Sabe que es algo que ocurre en muchas otras familias y en muchas otras vidas. Pero ahora quiere nombrar el lugar que ha tenido en la suya.

Ana: Hay mucho tabú al igual que con las enfermedades mentales de este tema. Y ya no es tabú. Sino también es mucho miedo, la repercusión que pueda tener, ¿no? Y es difícil, es difícil. Pero no quiero ser la que calle eso, que no quiero dar detalles, pero sí quiero contarlo para que se entienda. Es que si no cuento eso, ¿cómo se entiende entonces esta historia, no?

Isabel: Ana no quiere dar detalles de lo que pasaba dentro de su casa y tampoco hace falta. Tiene miedo a hacer daño. No miedo a que se sepa o a que la gente hable. En el fondo, dice, todo el mundo en su pueblo sabía lo que estaba pasando en su casa y no parece que nadie hiciera nada para remediarlo. Pero sí tiene miedo a hacer daño justo a quien ejercía la violencia en su casa. Así de confusos y de enmarañados son los caminos de la violencia.    

Ana: De hecho. La razón, por ejemplo, por la que no me acobardé y fui yo la que comencé a defenderme y tal era porque tenía bien aprendido cómo funcionaba la violencia, ¿no? 

Isabel: E igual que sabe que ha sido eso lo que la llevó a la lucha, como a ella le gusta llamarlo, 

Ana: siempre he dicho fíjate que que idiota no haber dejado los estudios y ahora me arrepiento y ta. Y desde que empecé con esta lucha creo que, creo que ha sido lo que ha hecho que no me arrepienta de lo que hice. Que incluso al final que de haber vivido una una situación de violencia dentro de mi casa y de viví una situación de exclusión y como sentirme extranjera dentro de mi propio pueblo, sentirme rara, sentirme diferente. Todo eso hizo que decidiera ponerme a denunciar las situaciones de abuso que sufría porque yo no soportaba que hubiera hombres ahí en los tajos, ya fueran encargado, manigero, jefe, dueño quien fuera, que a mí me trataran como una esclava y a mis compañeras la trataran como una esclava.

Isabel: También sabe que fue esa lucha la que le ha permitido nombrarlo, al fin. Esta es una parte del último audio que Ana grabó en su diario. Está en Bari, en Italia, después de dar una charla.    

Ana: Bueno, pues parecerá mentira, pero estoy aquí en Bari (risas). Y acabo de terminar la charla. ¡Madre mía! Estoy contenta. Estoy mirando por aquí, por una ventana que está lloviendo y aparte estoy flipando. Estoy flipando entre la lluvia mirando aquí y pensando que estoy aquí, que lo he hecho y encima bastante bien, porque he somatizado bastante poco esta vez. Esto que estoy haciendo, esta lucha que me tira tanto y que me lleva a haberme echado pa adelante en tantas cosas, que es una situación a la que te estás enfrentando a gigantes y, es como, he asumido todo ese riesgo y no me ha dado miedo. Incluso, me ha salvado la vida, me ha salvado la vida y me ha ayudado a salir de ese agujero en el que estaba metida y ese malestar tan grande que tenía, no, debido a mi trastorno mental. Y bueno, estoy… No sé, no podría ni ponerle palabra…

[Música]

[Ana]: Me gustaría decir hoy, a ver, que yo no estoy aquí para intentar convencer a nadie porque mi vida, es mía y yo he tenido mi propia experiencia. Y cada uno y cada una tendrá la suya, pero sí que es verdad que yo me salí de aquí del instituto por circunstancias personales y dije que me iba a trabajar al campo porque era bastante rebelde. A mí no había quién me aguantara aquí en la clase, pero siempre he tenido la espinilla, no, de no haber podido estudiar y fijaos después de 16 años en el campo que empecé con 16 años. ¿Quién me iba a decir a mí que yo iba a estar dando una charla hoy aquí? Que pa mí ha sido como, pues, súper emocionante. Está claro que tengáis que ir aquí y los que tengáis que ir aquí al campo, vas a acabar yendo. Y sobre todo lo que me gustaría es que cuando veais que esto está ocurriendo, que lo denuncies. Que no culpéis a la gente que viene de fuera, que son vuestras compañeras y vuestros compañeros los que os van a ayudar en esta denuncia y en esta lucha, con que no os aguantáis nunca con lo que os quieran imponer y exploten, y que os unáis a nuestra lucha.

[Aplausos]

[Ana]: Verdad, yo no me hubiese portado como ustedes, lo tengo claro. (Risas).

[Sintonía]

Isabel: En mayo de 2021, un grupo de juristas, activistas, periodistas y realizadoras viajamos a Huelva en una Brigada de Observación Feminista para conocer cómo vivían, y cómo trabajaban las jornaleras allí. Allí empezó este podcast y de allí nació, también, un libro que Ana escribió junto a Nazaret Castro y que se acaba de publicar. Se llama Abramos las cancelas: La lucha de las jornaleras de Huelva por otro modelo de agricultura. Hemos puesto el link en nuestra web, en la sección de Materiales extra. 

Yo hice, también, unas cápsulas sonoras sobre la brigada que están disponibles en la web de la radio del Museo Reina Sofía. Y también está el link en nuestra web. 

La producción de este episodio la hemos hecho Ana Pinto y yo. El guión y el montaje los he hecho yo. La asistencia de montaje y de producción, Paula Morais. Vanessa Rousselot, la edición. El diseño de sonido es mío y de Marcos Salso, y nuestro estudio de sonido es Isolé División Sonora. La comunicación la hace Tais Álvarez. La ilustración de este episodio es, como siempre, de la gran Carmen Cáceres. La música es del disco Ánimus, de Sara Muñiz. Y la canción “Mujer frontera” es una canción de Clara Peya interpretada por Alba Flores y Ana Tijoux. Gracias.

Gracias a la Laboratoria yal Museo en Red por invitarme a ser parte de aquella brigada. Y a las personas que han escuchado este episodio y nos han dado feedback para mejorarlo. Como siempre, vuestros nombres, en nuestra web.  

Si te gusta nuestro trabajo, puedes ayudarnos a financiar esta temporada en deesonosehabla.com/apóyanos. Si te ha gustado este episodio, recomiéndaselo a tus amigas, a tus primas o a tus compañeras de asamblea, y suscríbete en nuestros canales en Apple Podcasts, Podimo, Spotify o donde sea que escuches podcasts. Si nos dejas una valoración te lo agradecemos muchísimo. 

De eso no se habla es una producción de Se Habla Producciones. Gracias por escuchar.

[Mujer]: Ana, lo que has cambiado, que no hay quién te conozca. Gracias a dios, te has dado cuenta, sí que es verdad.

[Ana]: Sí, sí. Que bien, pues nada, me marcho.

[Mujer]: Pues nada. 

[Ana]: Me marcho que llevo el cuerpo con un día de emociones.

[Mujer]: Eso está bien.

[Ana]: ¡Hasta luego, Mercedes! Ay..ay…

Jornaleros. Cara A: Rocío